El FMI, candidato a la Moncloa

La (pre)campaña de las elecciones generales del 28-A están siendo una rara excepción. Concurren por primera vez cinco partidos nacionales con expectativas plausibles de influir de manera determinante en la formación de gobierno. Sin embargo, la economía, que tanto debate provocó en las elecciones del 2008, 2011 y 2015-16, está, por primera vez, totalmente ausente en la precampaña, generando un ínfimo interés nunca visto desde las probablemente las generales 2004 antes de que éstas quedasen marcadas a sangre y fuego por el terrorismo del 11-M.


En cierto modo, la desatención por lo económico es sintomático de nuestro carácter patrio: somos un país ciclotímico, proclive a la complacencia en tiempos de bonanza (aunque esta sea una frágil recuperación) y pasional en las cuestiones de identidad nacional (especialmente tras un periodo de agitación inducida). Es evidente que el 28-A nace bajo el signo del procés, de la pujanza de VOX, la guerra cultural y del revisionismo de la transición. Y al igual que el Brexit, que como un agujero negro lo engulle todo en la vida pública británica, estos temas hiperbólicos no están dejando espacio mental a los electores para otras consideraciones tales como su bolsillo personal, la prosperidad colectiva y o la equidad social.

Es posible que la ausencia de propuestas económicas comprehensivas, rigurosas, innovadoras e intelectualmente adultas por parte de esos cinco partidos hasta la fecha es una de los motivos de ese desinterés por parte del ciudadano. Si la política en España se ha transformado en una casting de influencers, sus programas se han reducido a tweets con más emojis que caracteres y con videos-tráiler de clara intencionalidad viral y corta duración e inteligencia. Con esas coordinadas de comunicación primaria, de poco sirve predicar programas económicos sesudos y prolijos. Pero no desfallezcamos. A los que se sientan huérfanos de tal programa les queda la gran institución multilateral por excelencia: el Fondo Monetario Internacional (FMI).

El lector lo ha leído bien. El FMI sí tendría un programa económico escrupuloso y minucioso para España que haría las delicias de los sensatos y soliviantaría a los doctrinarios. Se trataría de su informe sobre la economía española, conocido en la jerga internacional como Consulta del Artículo IV.

El Artículo IV es la cláusula contractual por la cual todos los miembros del FMI están obligados a colaborar con la entidad multilateral para que esta pueda evaluar rigurosamente la salud de sus economías y así para prevenir futuros problemas financieros que comportarían un rescate. La última consultación con España fue en otoño. El informe posterior, rico en detalles y propuestas de reforma, se publicó en noviembre. Así pues, es material fresco que además se redactó antes del anuncio sorpresivo y táctico de adelanto de elecciones por parte de Pedro Sánchez.

Repasemos, pues, cuál sería el programa electoral del FMI, candidato al Moncloa.

En primer lugar, el FMI se lanza sin rodeos y nos exhorta a reconstruir colchones fiscales en las primeras páginas del informe. No sorprende. La economía global se está desacelerando y el riesgo de recesión en la eurozona es real e inminente. Por ello, es de especial interés la simulación de la sostenibilidad de la deuda en un escenario de crisis que el FMI reproduce en el anejo final del informe. Los resultados de ese test de estrés son preocupantes y dejan en evidencia la fragilidad de nuestra economía frente a otra recesión

No solo eso, en la sección #18 del informe el FMI duda abiertamente de las medidas del presupuesto fallido de Sánchez para reducir la deuda, y en su lugar propone una reconfíguración tributaria que aumente los ingresos públicos sin poner frenos al crecimiento y aumentar la presión fiscal. En concreto, el FMI propone armonizar el IVA con la media comunitaria, introducir nuevas tasas medioambientales y, sobretodo, reducir inefíciencias en el sistema tributario español que actualmente hacen de la fiscalidad de la economía española un queso de gruyere (sección #21).

El informe continúa con sustanciosas propuestas que indirectamente tocan el tema candente de la confíguración territorial de España. La sección #24 pone el dedo en la llaga del desbarajuste fiscal autonómico que impide una gestión integral de la deuda nacional. El FMI hace un llamamiento implícito a que las autonomías muestren un comportamiento fiscal responsable. Explica que, si bien deben tener competencias en la recaudación de tributos, también tienen que asumir objetivos de equilibrio presupuestario y publicar unas cuentas más transparentes.

Ahí no acaba el énfasis en lo autonómico. En la sección #34 el FMI expresa su frustración por el poco progreso en la aplicación de la Ley de Unidad de Mercado de 2013 y en la sección #27 indica que la economía acusa excesiva rigidez en la movilidad laboral entre regiones que obstaculiza la reducción del paro y perpetúa los desequilibrios regionales actuales. Por ello, en la sección #30 propone centralizar y racionalizar los sistemas autonómicos de subsidios del paro y de políticas de empleo, amén de ofrecer incentivos pecuniarios para que la gente se mude a donde haya trabajo.

Pero todo ello no es óbice para que en la sección #29 el FMI se atreva a sugerir que los salarios sean más flexibles y ajusten por regiones, reflejando las dinámicas propias de cada territorio. Ello sería anatema para el político abonado a la defensa enconada de un salario mínimo nacional. De hecho, en la sección el FMt cuestiona la propuesta de Sánchez de elevarlo: generaría más paro entre aquellos trabajadores poco cualificados (sección #29).

Y es que el paro es la gran asignatura pendiente de según FMI. En la sección #26, el Fondo argumenta que las inefíciencias estructurales del mercado laboral, de acuerdo la curva de Beveridge, sigue por encima de los niveles precrisis. Su dualidad generalizada (junto con las rigideces geográficas ya mencionadas) es el lastre sempiterno de nuestro mercado laboral. Por ello, el FMI propone que no se incremente los costes de los contratos temporales sino que se incremente el atractivo de los contratos fijos, instaurando la mochila austríaca y simplificando los marcos legales de contratación y despido (sección #28).

No todo se limita a corregir el maltrecho mercado laboral. La mejora del capital humano también es esencial para reducir la inequidad y la pobreza. En la sección #30, el FMI clama por la promoción de políticas educativas ambiciosas que mejoren la empleabilidad de los trabajadores de baja cualifícación (que son el 37% del total de la fuerza laboral) pero también la creación de mecanismos de corrección que eliminen el desajuste observado entre las necesidades de la economía y la masa laboral sobrecualifícada que el FMI cifra en un apabullante 25% de total (sección #34). Según el FMI parte de ese desajuste yace en la deficiente cooperación entre universidades y empresas, que en España es particularmente disfuncional y sintomático de prejuicios ideológicos que no tendrían cabida en una economía competitiva en el siglo XXI.

Este desajuste también estaría relacionado con el otro mal endémico de nuestra economía según el FMI: la deficiente competitividad de nuestras empresas, especialmente las pequeñas. La entidad multilateral en su sección #34 urge a eliminar los lastres regulatorios que dificulta el crecimiento orgánico de las empresas y que las aboca al “small business trap”. El razonamiento es de cajón: las empresas de mayor tamaño desarrollan sinergias y economías de escala que permiten acceso a mercados foráneos, mayores niveles de productividad y el pago de salarios más altos. Por ello, se enfatiza la necesidad de mejorar la innovación e internacionalización de nuestras empresas para su mejor integración en la economía global. Pero ahí no acaban las recomendaciones sobre competitividad, el FMI pone el dedo en la llaga en el corporativismo profesional y llama a la liberalización de los servicios profesionales.

En resumen, si el FMI fuera candidato a la Moncloa, las líneas maestras de su programa económico serian la reducción de la fragmentación territorial, la eliminación de las fricciones regulatorias y la mejora generalizada del capital humano. Es decir, unidad nacional, liberalismo económico y prosperidad social. Tres nociones que todo partido de centro-derecho haría bandera de ellas. Quizás por ello, no hace falta hacer inventos exóticos e ideológicos en esta campaña. Basta con escuchar a economistas profesionales desapasionados y razonables.

De poco van a servir la pirotecnia comunicativa en materia económica; esa pirotecnia siempre se vuelve en contra de si mismo cuando ya se gobierna. Por ello, lo acertado sería diseñar un plan maestro sensato, sin doctrinas, sin superchería, con audacia, con ambición. Quizás porque todas las miradas estarán puestas en otros asuntos de mayor carga pasional, estas elecciones serán la última gran oportunidad para que el centro-derecha puede presentar el mejor programa económico de la historia de la democracia. Que no la desaprovechen

 

 

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