Diez Lecciones de Brexit

El acuerdo de la primera ministra Theresa May con la UE ha sufrido un revés difícil de superar. Lo que debía haber sido el clímax tras más de dos años de negociaciones, campañas, desacuerdos y despropósitos, ha sido otro sobresalto cardiaco que alargará todavía más la agonía. Los plazos se agotan peligrosamente y todo apunta hacia un Brexit sin acuerdo antes del 29 de marzo. El Brexit pasará a la historia como una de las grandes novelas tragicómicas de este siglo. Llegados a este punto, es buen momento hojear de nuevo esa novela y extraer diez lecciones valiosas que son testimonio del carácter demencial del Brexit. Algunas son viejas conocidas del manual de combate intelectual de todo demócrata liberal, otras son un aviso para navegantes en estos tiempos de gran incertidumbre política en Europa y en España.

  1. Ten una constitución escrita y quiérela.

¿Le corresponde al parlamento la última palabra sobre los términos de la salida de la UE? ¿Puede una región como Irlanda del Norte estar sujeta a un estatus económico diferente? ¿Es aceptable la jurisdicción de un tribunal supranacional de la UE sobre la totalidad o una parte del territorio nacional? ¿Cuándo se puede celebrar un referéndum adicional? Estas son algunas de las cuestiones por las que políticos, juristas y periodistas en el Reino Unido han agonizado durante meses sin resultados claros. El Brexit ha precipitado la que sin duda es la gran crisis constitucional británica desde la Segunda Guerra Mundial. Y ello es en parte porque el Reino Unido precisamente no posee una constitución escrita en el sentido convencional. Cuenta, en su lugar, con una serie de leyes, jurisprudencia y tradiciones agrupadas en un corpus legal en evolución constante. Frente a la rigidez continental, muchos ensalzaban la flexibilidad de esa fórmula cuyo principal garante de estabilidad era el proverbial sentido común de su pueblo británico. Hoy, sin embargo, el caos político-legal tras el referéndum ha dejado en evidencia los defectos de ese sistema que otrora fue la envidia del continente.  De haber contado con la claridad, precisión y objetividad de una constitución codificada, los británicos se hubieran ahorrado muchos dolores de cabeza, discusiones bizantinas y discrepancias estériles. Así pues, amemos nuestras constituciones escritas. Son maravillosas pólizas de seguro que delimitan los espacios razonables de deliberación y reforma, demarcan el poder en los estados de excepción y constituyen el último rompeolas frente al aventurismo político.

  1. Los parlamentos deben afrontar las decisiones complejas, no delegar en el pueblo

El actual uso y abuso de la noción más simplona de democracia, malentendida como la voluntad directa de la mayoría vía referéndum, hace que obviemos las bondades del parlamentarismo. La deliberación concentrada y ordenada a cargo de una selección de representantes permite que los debates públicos transcurran por cauces razonables, transparentes y tasados, orillando las costas peligrosas del paroxismo político inherentes a los plebiscitos masivos. Pero Reino Unido cometió el error de someter a referéndum algo tan complejo, poliédrico y transcendental como es divorciarse de la UE. Es decir, abandonar la organización supranacional que ha definido el orden económico, político y social del continente durante más de medio siglo. Con esta funesta decisión, David Cameron despojó al parlamento nacional de su papel central en democracia: ser sede de la deliberación pública en torno a las decisiones vitales que no solo alteran los cimientos legislativos de un país, sino que redefinen las relaciones con el resto del mundo. Lo peor es que al final, ha sido el mismo parlamento británico, incapaz, cobarde y fratricida, el que se ha malacostumbrado a esa práctica, llegando al sinsentido de exigir al gobierno que organice un segundo referéndum aún más complejo para rehuir la responsabilidad de concretar una alternativa sensata y ordenada frente a la caótica fantasía plebiscitaria.

  1. Lo referéndums siempre los carga el diablo

Y los referéndums, que les vamos a contar, los carga el diablo. En primer lugar, nunca confíes en que una pregunta binaria estará bien planteada porque jamás lo estará si trata un tema de una complejidad mayor que escoger el día de la semana en el que se recoge la basura en un pueblo suizo. En segundo lugar, los referéndums son una lotería que, por su naturaleza aleatoria, poseen un atractivo irresistible para los ludópatas políticos por antonomasia: los secesionistas o los euroescépticos. A diferencia de los que defienden el statu quocon desgana y grisura, estos se emplean a fondo, con celo fanático en la campaña y con los escrúpulos en casa. Cuentan con una utopía que es infinitamente más atractiva que el abanico de realidades imperfectas, pautadas y aceptables que un parlamento está obligado a concretar con sudor y esfuerzo. Y en referéndums, lo emocional es la clave. Así pues, por mucho que las encuestas, los expertos y los mercados se conjuren para evitar el desastre, acaban siendo esos ludópatas, que nada tienen que perder y mucho que ganar, los que triunfan en el sprint final. Por tanto, cuidémonos de aquellos que aseveran que los referéndums son pan comido, que la pregunta establece alternativas sin vicios ocultos, y que el riesgo de derrota se puede minimizar lo suficiente como para garantizar el resultado que se deseaba de antemano.

  1. Los expertos pueden equivocarse, pero tú también

Y si aun así se comete el error de convocar un referéndum, por favor, hagamos caso a los expertos, aunque se equivoquen a medias. Mucho antes de que Donald Trump se coronara como el gran maltratador de los datos, Brexit ya nos ofreció un aperitivo de lo que iba a ser la post-verdad. Todo quedó resumido en esa frase tan políticamente magistral como maligna del líder brexitero Michael Gove con su “la gente en este país está harta de los expertos” en junio de 2016. Lapidario y populista, Gove despedazó de un plumazo todos los informes que durante meses advirtieron de las consecuencias negativas de la salida de la UE. Esos informes han acertado en la magnitud del golpe que ahora sabemos es de cocción lenta pero implacable. Y esa impermeabilidad emocional frente a la tozuda realidad es desgraciadamente infecciosa. El síntoma del contagio en España vino de la boca de Santiago Abascal cuando afirmó recientemente en una entrevista que había que “poner en cuarentena los datos” de la inmigración porque ¡atención! no cuadraban con la “convicción que nace de la observación de las noticias”.

  1. Es legítimo tener una opinión, pero no toda opinión es legítima

Y precisamente uno de los mecanismos retóricos más habituales de esos ludópatas para descalificar a los fastidiosos datos es rebajarlos a una mera opinión. Es una estrategia habitual que además posee la ventaja de dar pátina de respetabilidad a la opinión opuesta, es decir, a la negación de los datos. No solo eso, se concede a datos y hechos objetivos, una vez degradados a la categoría de opinión, el premio de consolación de ser ¡legítimos! Se aplica así una tabula rasa a todas las aseveraciones independientemente de si cuentan con sustrato factual. Este mecanismo ha sido la regla de oro en el razonamiento espurio de los partidarios de Brexit, especialmente Boris Johnson, que, con gran pulcritud etoniana, siempre expresaba respeto por las opiniones ajenas mientras al mismo tiempo exigía credulidad para las propias – el corolario de la paradoja de la tolerancia de Karl Popper. Y ello resultó ser extremadamente problemático cuando la doctrina machacona de Johnson para el Brexit fue sostener, de manera desvergonzada, que era posible saborear los beneficios de la UE sin ser miembro formal – su famoso “have your cake and eat it”, o parafraseando el refrán castellano, “se puede tocar las campanas y andar a la procesión”.

  1. La equidistancia informativa es la abdicación de la deontología periodística.

Y cuando se rebajó todo dato y rigor intelectual a la categoría de opinión, la BBC cayó en la ciénaga definitiva. En los sucesivos debates sobre Brexit la primera institución publica de información de Europa, probablemente guiada por una cándida imparcialidad o por miedo a ser acusados de ser internacionalistas antipatriotas, abdicó de su función crítica y se limitó a yuxtaponer argumentos desiguales en calidad, sustancia y veracidad. Se elevó la irreflexiva propaganda pro-Brexit a la misma categoría que los elaborados razonamientos en lado opuesto del cuadrilátero televisivo. Los efectos fueron devastadores pues incitó a los euroescépticos a desempolvar argumentos aún más absurdos y agresivos a sabiendas de que invariablemente recibirían un trato exquisito e indulgente por parte de los periodistas. Así pues, esquivaron el análisis crítico todas las aseveraciones sobre inmigración, tratados comerciales o el funcionamiento de la UE, que poco después se demostraron ser falaces y tendenciosas. Pasado ya el fragor de la campaña y bajo estado de shock por el resultado del referéndum, llovieron las críticas a la BBC y muchos admitieron que el enfoque equidistante había sido un error garrafal al haber facilitado la mera exposición de argumentos en vez de haberlos examinados. Parvo consuelo.

  1. No todo cambio es siempre bienvenido, las cosas pueden ir a peor.

Al error histórico de haber abolido el escrutinio de argumentos, se le sumó un estado colectivo de excitación por lo desconocido. La vaguedad del Brexit se apetecía seductora y hacía desparecer por arte de magia la prudencia y sano escepticismo que son preceptivos ante lo desconocido. Este fenómeno está cada vez más extendido en occidente, basado en la creencia equivocada de que nuestras democracias lo aguantan todo y cualquier cambio, por muy radical que sea, no las quebrará. En el análisis macroeconómico ese sesgo se llama el efecto ‘baseline’: todo escenario futuro nunca será regresivo sino una mejora respecto al presente. Cien años después del armisticio de la Primera Guerra Mundial es importante recordar que esa combinación de desmemoria y temeridad fue la que llevo al desastre y al subsecuente colapso de las democracias europeas en el periodo de entregueras como magistralmente relata Christopher Clark en su magistral ensayo The Sleepwalkers. Así, la historia nos enseña, crudamente, que cuando alguien te ofrece una aventura política de un nuevo amanecer que rompe con lo viejo, más que el cielo te estará vendiendo un billete al infierno en un vehículo con aire acondicionado.

  1. Acepta humildemente tu lugar en el mundo.

Con una concepción de sí misma que sobrepasaba su peso especifico en el tablero mundial, la vieja Albión se ha visto obligado recalibrar a la baja su influencia real en el mundo. La campaña del Brexit prometía la épica de una isla que, con libertad y soberanía recobrada, navegaría con gran éxito los mares de la economía y la geopolítica global, recreando casi el imperio británico de antaño. Era la quimera de la Singapur en el Atlántico, a la que se añadía un voluntarioso renacimiento de la relación especial con los EE.UU. y un idilio comercial imaginario con los países de la Commonwealth. Nostalgia post-imperial que impide comprender el mundo con claridad. Por ello, Piers Morgan, uno de los más importantes presentadores televisivos (algo así como el equivalente de Bertin Osborne) recientemente acabó acusando a gritos al vicepresidente de Theresa May de incompetente por no haber conseguido un acuerdo más favorable para el Reino Unido. “Somos la sexta potencia mundial y un mercado importante para muchos países europeos”, decía. Obviaba, o más probablemente ignoraba, una poderosa realidad: el tamaño del Reino Unido en relación UE de solo el 15% del PIB total de la Unión, y la gran asimetría comercial que hace que la UE necesite muchos menos del comercio con Londres que viceversa. Así pues, cuidémonos de los llamamientos de grandeza pasada porque nos generarán una falsa impresión de poder, ventaja y privilegio y nos hurtarán el sano ejercicio de comprender los límites de nuestras posibilidades de adaptarnos de manera inteligente a los vaivenes globales.

  1. Hacer el avestruz respecto a la inmigración pasa factura 

La campaña del referéndum demostró que si rehúyes el debate sobre la inmigración durante años este acabará volviéndose en contra tuyo. El rápido crecimiento de flujo inmigratorio de los últimos veinte años hizo que muchos británicos se preguntaran por la necesidad de un debate social, cultural e identitario sobre la inmigración. Ese debate, sin embargo, se le negó a la sociedad británica. El argumento económico a favor del inmigrante y el buenismo ideológico del multiculturalismo cerraba el paso a cualquier discusión. Fue cuestión de tiempo que la campaña pro-Brexit explotara salvajemente ese vacío a su favor. Con pasmosa facilidad lograron inocular miedos, falsedades y ansiedades en torno a un tema que carecía de certezas y veracidades ampliamente aceptadas porque se había impedido un debate honesto y constructivo. Por ello, durante la campaña del referéndum, el publico británico ignoraba que gran parte del flujo inmigratorio era en realidad extracomunitario, que el inmigrante era un contribuyente fiscal neto a la caja pública, o que la inmigración era clave para mantener el numero de profesores y enfermeras en los servicios públicos. No solo eso, los políticos británicos operaban en el modelo mental empíricamente falso y obsoleto; creían que sus votantes acataban disciplinadamente paquetes programáticos de centroizquierda o centroderecha, alejados de los extremos. Sin embargo, Brexit ha demostrado que hoy un votante puede ser simultáneamente de izquierdas y de derecha, aceptando propuestas de todo signo político y votando de una manera impredecible.

  1. Antes de ir a negociar, ponte de acuerdo contigo mismo.

Si algo ha divido el Reino Unido aún más que el referéndum han sido las negociaciones de salida. Un principio fundamental en política es que hay ponerse de acuerdo consigo mismo antes de sentarte a negociar con tu adversario. Esa regla ha sido quebrantada sistemáticamente en el Reino Unido. En parte, ello se debe a que Brexit en esencia nunca ha servido de línea de negociación con la UE: nunca se definió de antemano durante la campaña del referéndum. Brexit significaba cosas distintas para votantes distintos. Por ello la autentica negociación ha sido la interna a tres bandas: el partido conservador, el parlamento y la opinión pública. Theresa May nunca consiguió generar un consenso respecto a qué exactamente debía ser Brexit tras el referéndum. Por ello, la negociación externa con la UE en realidad jamás ha tomado cuerpo. En Bruselas aún esperan a que Londres unifique criterio. Pero en Reino Unido continuarán con sus discusiones bizantinas sobre su estatus decreciente mientras la UE seguirá siendo un actor determinante en la escena mundial. Basta recordar lo dicho por una británica llamada Margaret Thatcher ya en 1975: “La elección es clara. Podemos desempeñar un papel en el desarrollo de Europa, o podemos darle la espalda. Al dar la espalda, perderíamos nuestro derecho a influir en lo que sucede. Pero lo que suceda nos afectará inevitablemente”.

 

 

 

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