Gangs of Barcelona (Tribuna en El Confidencial)

La tribuna que he escrito junto con Luis Quiroga para la Diada del 11 de Septiembre. Reflexiones sobre la Barcelona de 2018 y la Nueva York de 1863. Mismo guión: la pugna callejera entre los que se arrogan la representación exclusiva del demos político y los excluidos que se resisten a ser rebajados políticamente a la categoría de injertos demográficos.

Aquí, una versión libre del artículo que hemos publicado en El Confidencial.

Gangs of Barcelona

Barcelona se adentra en otro otoño caliente de confrontación civil y política. El guion, a grandes rasgos, lo conocemos de sobras – la ventaja que tiene la predictibilidad del fanatismo político. Ese guion se asemeja de manera sorprendente a esa gran alegoría del tumulto callejero y el conflicto étnico que es el largometraje “Gangs of New York” de director italoamericano Martin Scorsese.

Estrenada en 2002, la película narra la historia de los enfrentamientos entre grupos organizados de nativistas patriotas y nuevos americanos en las calles de la Nueva York de mitad del siglo XIX. El trasfondo histórico son los famosos Disturbios de Reclutamiento de 1863 y ello es clave para comprender el mensaje de filme. El personaje de Daniel Day-Lewis acaudilla a los patriotas mientras que Leonardo DiCaprio interpreta al líder de los nuevos americanos. Los primeros exigían el control los barrios bajos de Manhattan por derecho de nacimiento al considerarse los herederos políticos joven nación norteamericana que se había independizado apenas dos generaciones atrás. Los segundos eran los nuevos neoyorquinos, inmigrantes o hijos de inmigrante, que constituían la creciente mezcolanza social y racial que con el tiempo acabaría siendo la seña de identidad de la Nueva York global y cosmopolita que hoy conocemos. Es un filme visualmente poderoso y una reflexión sobre las transformaciones históricas no exentas de fricciones que toda sociedad tarde o pronto debe afrontar y aceptar.

La analogía con la tensión política en Cataluña es sobrecogedora. Subyace la misma cuestión de fondo: la pugna entre los que se asignan a sí mismos la representación única y exclusiva del demos político y aquellos excluidos que se resisten a ser rebajados políticamente a la categoría de injertos demográficos. Los nativistas están convencidos de que ellos son el custodio de la épica política de la primera democracia moderna de la historia. Consideran que sus acciones están justificadas y se ajustan a un código moral que consideran legítimo. No obstante, al igual que ocurre en Cataluña, no logran entender que con su actitud supremacista actúan precisamente en contra los principios fundacionales de la recién estrenada democracia americana. Niegan a los nuevos americanos los mismos derechos políticos universales que sus abuelos habían exigido al rey de Inglaterra Jorge III.

Sus razones para ese comportamiento son el miedo al cambio. Los nativistas intuyen que pronto serán una minoría más a la vista del ritmo vertiginoso de la inmigración de la época y del cambio social que conlleva. Por el contrario, los nuevos americanos (irlandeses, holandeses, católicos, etc. o simplemente de ascendencia mixtas), siendo cada vez más mayoritarios, empezaban a reclamar mayor representación política y poder de decisión institucional – el futuro les pertenecía. Precisamente a mitad de película, los nuevos americanos se movilizan con éxito para que uno de los suyos, un irlandés respetado por la comunidad local, sea elegido sheriff del condado en las elecciones locales – algo que el personaje de Daniel Day-Lewis, Bill el carnicero, rechaza categóricamente y decide resolver expeditivamente degollándolo en la calle plena luz del día frente a la multitud. Para Bill, los nuevos americanos no merecen puestos de responsabilidad o representación al ser sospechosos de albergar lealtades foráneas y no ser étnicamente descendientes de los colones originales. Bill tolera su asimilación siempre y cuando se subordinen a los nativistas y acepten su origen irlandés como un estigma de vergüenza. Ahí están los personajes menores de McGloin y Happy Jack Mulraney que se someten obedientemente a la autoridad de Bill a cambio de su benevolencia: la versión irlandesa del charnego agradecido.

No solo eso. Al igual que en Cataluña, en Gangs of New York los nativistas consideran que la calle es suya y se pasean ostentando su poder hegemónico. No obstante, DiCaprio, en un acto de rebeldía memorable, cuelga en mitad de una plaza el emblema prohibido de su clan, los Dead Rabbits. Su intención es hacer un llamamiento a toda la Manhattan mestiza: hay que actuar ya y no dejarse amedrentar por los nativistas. La película muestra las distintas fases de esta escalada y cómo todo culmina con enfrentamientos callejeros de inusitada violencia para nuestros días. Afortunadamente, la teatralización de la tensión en la Cataluña del siglo XXI no tiene los mismos tintes violentos, pero aun así ha generado nerviosismo, frustración y una insólita sensación de enfrentamiento social entre dos Cataluñas irreconciliables. Por un parte está la Cataluña interior, monolingüe y homogénea que sufre la ansiedad existencial de verse diluidos cultural y lingüísticamente en su propio país. Frente a ellos, la Cataluña costera, bilingüe y urbana de naturaleza mestiza y cambiante donde la adaptación es prescriptiva y la aceptación de identidades múltiples es la norma. Esa Cataluña se correspondería esa base demográfica norteamericana heterogénea que a golpe de oleadas migratorias construyó el país y que hoy ha dado lugar a las identidades mixtas de la que están tan orgullosos en los EE.UU. Pregúntele a cualquier norteamericano de dónde es. Uno esperaría que escuchar Boston o Arizona como respuesta pero todos te acaban sacando el árbol genealógico y la coctelera del linaje: un cuarto irlandés, un octavo puertorriqueño, dos cuartos coreano, etc.

La otra gran lección de la película de Scorsese se encuentra en la pequeñez y la futilidad de este tipo de enfrentamientos sociales en relación con las grandes cuestiones de cada época. En la película, la acción transcurre durante la Guerra Civil Americana y ello nos lo recuerda una magistral escena de una sola toma en que se muestra a inmigrantes irlandeses recién llegados al puerto de Nueva York siendo reclutados para después, ya vestidos de uniforme militar, ser reembarcados rumbo a los sangrientos campos de batalla de Virginia o Tennessee. Lincoln no podía desaprovechar ningún recurso en el esfuerzo bélico. El mensaje subliminal es que a pesar de lo solemne y trascendental que pudiera parecer el cainismo callejero de la película, lo que estaba en juego en EE.UU. en aquel momento era en realidad la abolición de la esclavitud, la unión de la nación americana y de si tal nación, como proclamó Lincoln en Gettysburg, “concebida en libertada y consagrada en el principio de que todas las personas creadas son iguales […] puede perdurar en el tiempo”. Algo similar ocurre en Cataluña y en España. Nuestra atención, talento y energía se desperdicia en un conflicto social interno que nos impide percibir, comprender y actuar frente a las grandes cuestiones globales de nuestro tiempo.

En el desenlace todo ser resuelve con el ejército de la Unión sofocando los Disturbios de Reclutamiento y de paso la reyerta callejera entre nativistas y nuevos americanos a golpe de cañonazos. La metáfora de esas últimas escenas es que las fuerzas mayores que marcan el curso de la historia acaban barriéndolo todo y poniendo a cada uno en su sitio. En el caso de Cataluña no está claro qué fuerza mayor externa pondrá fin a la rebelión nativista y sus ansias de dominio callejero. Quizás lo tengamos que soportar durante varios años hasta que tarde o pronto llegue su obsolescencia definitiva incompatible con los tiempos modernos.

En cualquier caso, el final de la película es una alegoría al destino común de toda comunidad que empeña en dividirse y enfrentarse contra si misma. En la ultima escena aparece DiCaprio frente a la tumba del nativista Daniel Day Lewis que yace precisamente junto al líder irlandés padre del primero. Ambos, nativista e irlandés, comparten cementerio, como todos los ríos van a dar en el mar según Jorque Manrique. Sus lápidas envejecen devoradas por la vegetación con en paisaje de fondo en el que destaca el perfil de una Nueva York que crece y evoluciona con toda su energía y vitalidad ajena a estos conflictos inútiles. El paralelismo con Barcelona, esa ciudad de los prodigios, es evidente: la vitalidad de la gran urbe, libre de deudas identitarias, cuyo mestizaje es su gran activo y su destino. Nueva York y Barcelona como símbolos de la resistencia cosmopolita frente al nativismo supremacista.

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